Hay lugares que, además de su historia real, terminan construyendo otra alrededor de ellos. Una historia formada por testimonios, rumores, relatos transmitidos durante años y experiencias difíciles de comprobar. La Mussara es uno de esos lugares.

Este antiguo pueblo de la provincia de Tarragona, situado a unos 980 metros de altitud y deshabitado desde 1960, conserva todavía las ruinas de varias edificaciones y la iglesia de Sant Salvador. A su alrededor se extiende un paisaje de montaña que cambia por completo cuando aparece uno de sus elementos más característicos: la niebla.

Su aislamiento, sus ruinas y esa atmósfera han contribuido durante décadas a que La Mussara sea escenario de todo tipo de historias. Algunas forman parte de sus leyendas tradicionales; otras hablan de luces extrañas, desapariciones, supuestos desfases temporales y fenómenos de difícil explicación.

De su historia y de leyendas como la de Cercós o la Pedra del Sis hablamos con más detalle en otro artículo:

Leer: La Mussara, historia y leyendas de un pueblo entre la niebla

En este queremos centrarnos en otra vertiente, la que convirtió La Mussara en un lugar especialmente conocido entre aficionados al misterio, la ufología y la investigación paranormal.

Desde hace décadas se han relatado supuestos avistamientos de objetos voladores no identificados y extrañas luces sobrevolando la zona. Como sucede muchas veces en lugares rodeados de misterio, resulta difícil separar los testimonios originales de todo lo que posteriormente se ha ido añadiendo alrededor de ellos.

Uno de los casos más conocidos relacionados con La Mussara es la desaparición de Enrique Martínez, ocurrida durante la década de 1990. Según el relato difundido durante años, Enrique habría acudido con unos amigos a las proximidades del pueblo para recoger setas.

En un determinado momento se encontraba hablando con uno de ellos. Su compañero se giró para continuar la conversación y, cuando volvió a mirar hacia donde estaba Enrique, este ya no se encontraba allí. Comenzó entonces su búsqueda, pero Enrique nunca apareció.

Alrededor de esta desaparición se han creado distintas interpretaciones, muchas de ellas relacionadas posteriormente con las propias leyendas de La Mussara. Sin embargo, el hecho de que un caso resulte inquietante no significa que tenga necesariamente una explicación paranormal.

Otro de los relatos más repetidos habla de un cabo destinado en el cercano campamento de Castillejos. Según esta historia, el militar decidió pasar unas horas junto a su pareja en los alrededores de La Mussara. Al comprobar que no regresaba, desde el cuartel se organizó una búsqueda.

Cuando finalmente fue localizado, el cabo habría quedado sorprendido por el despliegue realizado para encontrarlo. Según el relato, estaba convencido de haber permanecido fuera apenas un par de horas, cuando en realidad habían transcurrido más de doce.

La pregunta apareció prácticamente sola: ¿había sufrido algún tipo de desfase temporal? Es una de las explicaciones con las que este episodio se ha relacionado a lo largo de los años, aunque no deja de ser una interpretación difícil de demostrar.

Historias como esta, unidas a los supuestos avistamientos, las desapariciones, las leyendas y la propia atmósfera del lugar, hicieron que La Mussara terminara recibiendo una denominación que todavía hoy aparece con frecuencia: la de «pueblo maldito».

La realidad, sin embargo, dista mucho de esa imagen. La Mussara es actualmente un lugar muy concurrido por senderistas, ciclistas, excursionistas y personas que simplemente desean disfrutar del paisaje, tanto de día como de noche.

Nuestra relación con el lugar tuvo también otra vertiente. Durante diferentes visitas realizamos experimentaciones relacionadas con la TCI, la Transcomunicación Instrumental, y con el registro de posibles fenómenos anómalos.

Fue precisamente esa experiencia la que nos hizo comprobar hasta qué punto resulta importante conocer bien el entorno antes de atribuir un sonido o un registro a algo inexplicable. A primera vista, un pueblo abandonado y alejado de grandes núcleos urbanos podría parecer un lugar ideal para este tipo de trabajos, pero la realidad es bastante más compleja.

Uno de los principales problemas es la contaminación acústica. La Mussara es un lugar frecuentado tanto durante el día como por la noche y, además, existe un refugio a escasos metros del antiguo pueblo. Todo ello dificulta encontrar el silencio necesario para realizar experimentaciones en las mejores condiciones.

A esto se añade el estado ruinoso de la iglesia. Parte de la cúpula todavía permanece en pie y las ondas sonoras que se generan en su interior pueden provocar pequeños desprendimientos de arenilla, algo que en determinadas circunstancias podría confundirse con un sonido de origen anómalo.

Otro elemento que siempre hemos considerado importante es la existencia de una torre de telecomunicaciones en las proximidades de La Mussara. Cuando se trabaja con determinados dispositivos, las posibles interferencias de radiofrecuencia deben tenerse muy en cuenta.

En un entorno así, sería necesario intentar inhibir esas interferencias mediante sistemas como una jaula de Faraday. Aun así, incluso utilizando este tipo de aislamiento, cualquier resultado debería analizarse con cautela, ya que no siempre puede garantizarse una inhibición completa.

Por este motivo, durante nuestras experimentaciones descartamos numerosos registros que no consideramos suficientemente fiables. El hecho de escuchar algo extraño en una grabación no significa automáticamente que se trate de una psicofonía válida.

Nuestra experiencia en La Mussara nos llevó a mantener durante meses una actitud especialmente prudente. Después de mucha experimentación y análisis, conseguimos finalmente un registro que sí consideramos válido dentro de nuestros criterios, mientras que muchos otros fueron descartados por no poder excluir de forma clara posibles contaminaciones o interferencias.

Ese proceso fue quizá una de las principales enseñanzas que nos dejó el lugar. La fama de un enclave no garantiza ningún resultado y que un pueblo haya recibido la denominación de «maldito» no significa que cualquier ruido extraño deba interpretarse como una psicofonía o que cualquier luz tenga necesariamente un origen inexplicable.

Del mismo modo, otros lugares sin ninguna fama paranormal pueden ofrecer registros que merezcan ser analizados. Por eso creemos que lo importante no es partir de la idea de que algo extraño tiene que suceder, sino conocer el entorno, controlar en la medida de lo posible las variables y revisar cada resultado con toda la cautela necesaria.

La Mussara sigue siendo para nosotros un lugar especial por muchos motivos. No porque creamos que todo lo que se cuenta sobre ella sea cierto, sino porque durante años nos permitió experimentar, cuestionar resultados, descartar registros y aprender hasta qué punto es necesario analizar con rigor cualquier supuesto fenómeno anómalo.

Y quizá precisamente ahí se encuentre una parte importante del misterio.

© Isabel Pagán y Enrique Soler – Expediente Infinity. Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción, distribución, modificación o utilización total o parcial de este contenido, incluidos sus textos y fotografías, sin autorización expresa de sus autores.


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